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martes, 21 de marzo de 2017

Aquel presente en Ancud, Chiloé

Arranca la mañana pasadas las once –arranca en ese presente antiguo tan presentemente igualito a éste en el que escribo- con lluvia, viento, frío, chubascos. Detrás del vidrio la escena Ancud: los cables de la calle Pudeto, las casas de la ribera opuesta a nuestro río-acera, el humo de las chimeneas bailoteando entre la incesante garúa y la enramada de los pinos, el mar adivinado detrás del pueblo y de la espesa niebla allá en la lejanía.
Y el nido, entrañable, íntimo, pasajero como todo lo es.
Más tarde una caminata bajo un cielo incierto, un museo –otros presentes desaparecidos-, gaviotones sin rastros de miedo, ecos del pobre Invunche, nubes-jirones que se abren como bichos de océano profundo… y flores que se encienden bajo la estrella que asoma, y el color.
El maravilloso color.
¿Y qué más?... ¿cuantas palabras hacen falta decir –o callar- para transmitir una emoción verdadera, una nostálgica sonrisa o un puñado de lágrimas dichosamente derramadas?
Ya basta. Que hablen las imágenes hasta que llegue la noche, hasta se encienda el fuego, se cocinen los bichos, se descorche el vino y brillen las estrellas.
































martes, 6 de septiembre de 2016

El último frío, el último chubasco, la última garúa...

Me desperté seis treinta con el reloj chillando como chilla los martes a las seis treinta. Baño, guitarra, mi chica en la ducha, mates, amanece, enciendo la radio: “la corrupción es endémica en este gobierno, que es como el anterior pero con buenos modales”… “la mafia me persigue, me quieren matar”… “otra rata a juicio oral”… “novecientos mangos el libro de Vicky”… “la pulga factura millones y evade millones también”… “amenaza de bomba en tres colegios”… y:  “hoy es el último día del invierno, el último día frío, el último día de viento helado, de furiosos chubascos, hoy es la última lluvia”…
Mi chica rajó a las ocho, y treinta minutos más tarde ya estaba yo patitas en la calle, borceguíes en los pies, doble medias, polera hasta las orejas, bufanda triple rosca, guantes de cuero y sobretodo full size.
Y cámara de fotos… me dije: “no me importa que explote el mundo, no me importa nada de nada y no me voy a perder el último frío del invierno sólo porque llueve a baldes y sopla un viento de mil demonios”
Y arranqué “la peregrinación” (el mundo revela sus secretos a la velocidad de los pies, dijo Werner Herzog): Mitre, Cafferatta, Mitre otra vez, Directorio, Alvear, Colectora de Gral Paz, Lope de Vega, Asunción, Segurola, Ramón Falcón, Liniers… barrio Boliviano y sus riquezas culinarias.
Cuatro horas de ininterrumpida caminata bajo la garúa porteña, más de ciento treinta cuadras pateadas con el viento revoloteando cual cuchillas de acero todo alrededor.
Chau invierno, hola invierno, chau tigre, hola tigre.
Nada se mueve, nada se detiene.
Luego, el 343, el 123, casa, una comida caliente, una ducha hirviente, pantuflas, mates y fotografías que atestiguan todo el asunto.
Y afuera insiste el invierno, aunque la radio y sus secuaces ya lo condenaron a muerte.
RIP