Tal vez el mejor modo de recordar un sitio en donde uno experimentó la dicha de sentirse libre sea el de la imagen sencilla, el del recuerdo en el ejercicio de una mínima expresión.
Cachi es sentimiento profundo, es polvo, es gigantes dormidos revestidos de nieve eterna, es cabras y lluvias y horizontes y relámpagos... y nubes, empanadas, vino tinto y sol. Y estrellas.
Y es también la sencillez de las acequias y de esas ramitas que en su olvidada identidad representan lo más profundo que anida en el corazón del que recuerda. Corazón que rememora y sufre, lleno de nostalgia, entre los incesantes ruidos de la gran ciudad...
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martes, 28 de agosto de 2012
lunes, 26 de marzo de 2012
Adiós a Cachi
Como la canción, todo tiene un final. Los últimos dos días en Cachi nos dedicamos a recorrer el pueblito, visitar sus museos, caminar por los alrededores más cercanos, comer empanadas y tomar cerveza. Y a escapar de algunos de sus perros más feroces y, por supuesto, a hacer fotos. El último atardecer nos regaló unas increíbles nubes multicolor que avanzaron flotando sobre nuestras cabezas como gigantescos titanes amorfos; por la noche, ya plena de estrellas, cenamos sandwiches de queso de cabra y salame milán sentados en un banquito de la plaza; luego hubo cerveza salteña bajo una fina e intermitente garúa que parecía querer competir con el siempre presente brillo estelar. Y luego el caminar rumbo a la cama, muy despacito y sentido caminar, tratando de atrapar en la retina y rumbo al disco duro general toda esa sencillez de ensueño. Por la mañana, domingo, salté de la cama a las ocho para estar en la misa de nueve como un boy scout... no podía dejar de perderme la santa celebración entre esas paredes centenarias, entre esa gente tan cierta, entre esas caras llenas de una fe que les fue dada -e impuesta salvajemente, por cierto-. Me asombró la cantidad de gente, la gran fe de esas personas, las oraciones a coro, el responsorio tan sentido y perfecto... y me desagradó muchísimo el cura con su homilía superficial y tristemente generadora de culpa, como si esa pobre grey, tan despojada, necesitara de culpa. En fin, mi chica me pasó a buscar a las diez por la puerta de la iglesia, nos comimos unas porciones de tarta que vendían unas monjas por dos mangos, y salimos rapidamente rumbo a Cachi adentro por otro camino del que habíamos ya transitado. De camino nos cruzamos con la bodega Isasmendi, en donde nos ofrecieron un par de copones de la mejor sangre de Cristo que probamos en esas tierras. Así puestos seguimos pateando camino adentro, y entonces se nos acopló el pequeño gatito de las fotos. Con él caminamos cuadras y más cuadras, cruzamos campos entre plantaciones de tomate bajo el sol del mediodía; luego, medio perdidos, charlamos con un indio acerca del mejor modo de cruzar a campo traviesa. Re capo el indio, tan capo que finalmente él mismo nos acompañó hasta cruzar el lecho del río Las Trancas, río rápido, turbio y helado y, también, nos hizo el gran favor de quedarse con el gatito, porque el pobre fue incapaz de seguirnos a través de las aguas. Momento inolvidable el de ese río y el de ese viejito sabio que era pura sonrisa y paz... finalmente trepamos y trepamos hasta la otra carretera y regresamos exultantes hasta Cachi, en donde todavía tuvimos tiempo de comer una tanda más de empanadas en un bar de lo más criollo antes de subirnos al bondi que nos regresaría, a travez de la cuesta del Obispo, a Salta capital, para desde allí rumbear para Tilcara. Pero esa es otra entrada.
domingo, 11 de marzo de 2012
Cachi de noche
Una de las sensaciones más hermosas que uno siente mientras camina en Cachi de noche es que el pueblito parece tener luz propia, una débil y amarillenta iridiscencia dichosamente fantasmagórica que emana desde las paredes de las casas, desde las ventanitas, desde los bancos de las plazas... hasta los perros, libres como el viento, parecen brillar. Y entonces uno cae en la cuenta que esa iridiscente falta de luz incide directamente en el simpre presente devenir temporal, que se va diluyendo sin más entre las innumerables sombras que pueblan las piedras y los campos silenciosos de todo alrededor, mientras los astros compiten desde lo alto brillando del mismo modo que el pueblito pero con una eterna luz plateada e infinita. Ya a las nueve de la noche, mientras se deambula por ahí o se cenan esas empanadas siempre perfectas, la banda de sonido es de guitarras y de coplas, y mientras uno quiere creer que puede detener finalmente el reloj para no tener que nunca más partir, la cerveza salteña o el "Domingo hermanos" se va subiendo a la cabeza y la sensación en el corazón es de felicidad pura, de paz sencilla, y también de certeza que reza que tres días es muy poco tiempo para pasar en ese pueblito de ensueño, que se necesita más, mucho más, semanas, meses... uno desea perder la identidad porteña definitivamente entre chichas y tamales, entre sombras y silencios amarillos.
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