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lunes, 8 de octubre de 2012

Humahuaca (2)

Los mates en la galería por la mañana, las mariposas nocturnas como una invasión extraterrestre y muda, el sol... esa olla a presión sobre las cabezas que nunca aguantan su poder, las nubes de algodón siempre tan gordas y tan cercanas, las sombras muy cortas del mediodía, las casas, el barro, las piedras, las cortinas floreadas en las ventanas, las callecitas de tierra y la siesta rigurosa en un silencio polvoriento y marrón, mientras dentro y fuera y todo alrededor la nada toma la posta entre la respiración y los pensamientos que lentamente se hunden en el olvido, en un dichoso y necesario asueto de la preocupación y del objetivo a futuro.
Humahuaca... soledad y viento, colores y brumas, eterno presente, un pueblo con otro tiempo que no es el del reloj, es el de la indiada, el de los campos verdes y el del agua roja, el tiempo de abandonar toda conexión con la ciudad oscura y lejana que se pierde entre las pinturas de tanto norte y tanta puna.
Cuando uno descubre ese tiempo que no es el nuestro, el de la civilización, queda irremediablemente herido y para siempre enamorado, esperando retornar a esa tierra de magia, a ese útero que es también una reminiscencia de paraíso perdido, paraíso fecundo y completo y por siempre vacío de ambición que no tiene nada que ver con nuestra civilizada y correcta banalidad occiental, banalidad prepotente, banalidad colonial, asesina e imperial.











 

domingo, 30 de septiembre de 2012

Humahuaca (1)

El viaje entre Purmamarca y Humahuaca fue breve, o así lo pareció. En cuanto llegamos a la terminal comenzamos a buscar un sitio para hospedarnos y luego de las vacilaciones habituales entre el costo y la comodidad, nos decidimos por el hostal "Los Alamos", situado en las afueras del pueblo.
Ya desde el primer momento Humahuaca me atrapó... melancólico, desierto, austero, atravesado por el Río Grande, río ancho amarronado y casi seco que se parece más a una metáfora de la no claudicación contra toda prueba que a un afluente norteño. Dejamos el equipaje y salimos a recorrer sus calles un poco antes del comienzo del largo atardecer, bajo una intermitente garúa fresca. Visitamos el museo, la capilla, asistimos a una pequeña protesta de empleados municipales muy bien vigilada por la policía; subimos -Humahuaca tiene verticalidad- y contemplamos el pueblo desde lo alto, la caída del sol, la brisa dulce en aumento, las callecitas de piedra corriéndose al rojo por la inminente ausencia de la estrella, todas ellas iluminadas con focos amarillos de ensueño... finalmente llegó la noche y nos metimos en un pequeño bodegón a cenar esas cosas que uno suele cenar en el norte: picante de pollo, guiso de llama y cerveza salteña. Y luego nos fuimos a dormir.