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viernes, 12 de julio de 2019

Última estación esperanza

Diciembre ha quedado muy atrás en el recuerdo... perdido en la línea de tiempo. Luego las vacaciones, la ruta y el regreso, y la maquinaria capitalista que no arranca porque nunca se detiene -el consumo parece ser más real, para la mayoría, que el silencio interior, aunque sea ésta una vil falacia consumista-. El asunto es que pasó de todo entre la última entrada y ésta, la primera, y posiblemente, la única -y última-, del 2019:
Pasaron las caminatas y las fotos, sí, y siguen pasando, pero lo más significativo fue entrar en la conciencia de vivir reptando en el lodazal del pasado, la conciencia de que el observador es lo observado, que los pensamientos soy YO -¡mío, mío y mío!-, que la diferenciación sexual es, como mínimo, una imposición cultural; que el macho que sufro en mí es un fantasmal cascarón violento, cobarde y esclavo creado -por mí mismo- para poder cumplir, cuando pibe, con las expectativas del medio
que en suerte me tocó... cumplir con lo que se esperaba de mí.
Y... ¿que más? ¿les parece poco?
Palabras sueltas que vienen al caso: ego, cielo, sexo, escape, misterio, miedo, flores, nylon, besos, stilettos, relación, juicio, minifalda, estar, devenir, llegar a ser... querer triunfar, ganar y morir... thanatos, ganas de morir.
O de vivir con lo que es.
Entiendo que una parte de mí -de mí misma- sospecha que llevar adelante un blog es puro alimento para el ego. Demás está decir que me avergüenzo de muchas, muchísimas, de las entradas del pasado.
Pero ¿las voy a negar? ¿las voy a borrar? ¡ya saben, los pocos que me siguen, que soy un esnob!
Finalmente uno es lo que es: un imperfecto músico, peor fotógrafo, un gran escapista y mejor caminante, un feliz pizzaiolo y, por sobre todo, un simple boludo que se cree mucho y es, como mínimo, una futura tumba. Y también soy un alma sensible de chica feliz -ellas, siempre ellas, porque ellas son lo más- que sueña con la libertad y la verdadera paz -como soñaba antes de los diez, antes de que me molieran la dicha a palos-
Nada más. Debajo, las imágenes seleccionadas de las caminatas de medio año 2019. Si no los vuelvo a escribir, sean libres de la fucking civilización, y por sobre todo, libres con lo que es... que no es poco.








































martes, 8 de marzo de 2016

Los fantasmas porteños

Vivimos compartiendo lo que nos rodea con una miríada de espectros: el agua, el aire, el espacio, el tiempo, las lluvias, la luz, la noche, el rocío, el ruido, el viento, el silencio. Apariciones en las vidrieras que nos guiñan desde el más allá, apariciones en los techos, en el bondi, en las alturas, en los subsuelos. Fácilmente los perciben los niños, los perros y los gatos, los pájaros, también algunos abuelos. Basta ganar la calle para verlos... se pueden mimetizar en un enano de jardín, en el femenil maniquí de una antigua corsetería, en el gran tanque de agua de un distinguido edificio, en la aséptica sala de espera de un triste hospital. Fantasmas que fueron.... y que, de algún modo, son.
Estas porteñas apariciones dejaron, como nosotros lo hacemos hoy, marcado su territorio, ese que ahora es el nuestro: lágrimas de tristeza
-por amor, por alegría, por una derrota futbolera- derramadas en el cordón de una vereda cualquiera; un grafitti borroso escrachado en una remota pared; un moco pegado -y olvidado- debajo del vapuleado pupitre de una sala de cinco. Esos, sus efectos. Luego permanecen deambulando en estas pampas por amor, o por envidia, por odio, por miedo... algunos no quieren morir -aunque están muertos-... otros no quieren volver a nacer -aunque ya nacieron y transmigraron su esencia a otra, u otras, formas definidas-... todos, absolutamente, perdieron el pleno contacto con la realidad.
Esa leve impronta que los mantiene en nuestro mundo es como un pegamento-inercia que los obliga a creer en la realidad de su fantasmagórica permanencia. La realidad, ese inasible e inexplicable conglomerado de tiempo y preguntas, los atrapa y los define como nos sujeta y define a nosotros los vivos, los ciertos, los que pisamos en concreto sobre un suelo seguro mientras, sin aliento, nos dirigimos rumbo al olvido.






lunes, 16 de diciembre de 2013

Un buen final

Año 2013... pies y asfalto, semáforos y piernas, sombras y luces de neón... caminatas extensas desde el microcentro hasta La Chacarita bajo la Luna y las estrellas.
La música en los oídos, el silencio y la soledad en la Buenos Aires nocturna:
9 de Julio, Corrientes, Córdoba, Santa Fe, Cabildo y Lacroze.
Y al fin el 123 hasta el nido bonaerense.
Cielos nublados, invierno, soles y lluvias, la primavera y los astros, viento helado,
año 2013 que inexorable ya te vas.
¿Cuanto tiempo me queda en este plano?
¿mucho, poco, nada?
No importa.
Si es el final, nunca importa.. si es un buen final.
Dios provee, siempre.

domingo, 5 de agosto de 2012

La costanera en la noche

Cuando llegamos a Belgrano decidimos seguir con el plan de llegar a la costanera, y mientras continuamos caminando el sol se fué y llegó la noche.
Lo más lindo de la costanera es esa vibración que no tiene mucho que ver con la ciudad, los pescadores, el rugido de los aviones y la línea del horizonte como una promesa.
Exceptuando las ratas -hay tantas que te caminan entre las piernas- los carritos bondioleros son de lo más lindo, lástima la prohibición de la dieta.
Finalmente nos subimos al 37 rumbo a Plaza Italia, desde allí el 39 a Chacarita y finalmente el 123 hasta casa.