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jueves, 16 de junio de 2016

¡Cuanta suerte!

Digamos que a uno le dicen: “un amigo es un tesoro”… enseguida aparece en la mente la cara de los viejos diciendo: “sobran los dedos de una mano para contar a los verdaderos amigos”.
Y más: “un amigo es un hermano que se elige”, “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos”, “el verdadero amigo te quiere como sos”, “un amigo es una imagen de uno mismo”… y es así. Luego, todo lo demás: la guita, la salud, las seguridades, las alegrías y las penas… pero el amor y los amigos son la sal, la masa, el tuco y la muzzarella de la vida.
A uno le puede ir mal, o le puede ir más o menos… pero la excelencia de la vida pasa por el amor y los amigos.
¿Y lo demás?... todo chamuyo.












viernes, 20 de julio de 2012

Seis amigos y el mar (2)

Cosa extraña la amistad. En un mundo en donde casi nada permanece fiel a su promesa, ella instala su carpa entre nosotros y no abandona su puesto ni bajo la amenaza de la más feroz tormenta. Y como sucede con todas las cosas que son buenas en esencia, mejora con los años hasta ese punto que llamamos de excelencia. Por eso la extrañeza de esa presencia que, inamovible, acaricia el alma de los pensamientos que de a topetazos se hunden en la nada, resulta medular en el devenir sin significado de la vida. Entonces, luego del primer asado -mediodía- salimos a buscar un espacio libre en donde descargar la furia, el fusil telescópico preparado, latas y macetas a modo de blanco y con personal proyección asesina. El cielo, gris, negro y frío, y la playa a lo lejos con la sangre de Cristo deambulando en el caudal sanguíneo a borbotones y cientos de disparos hasta dar en el centro. Más tarde, descargados, subimos nuevamente a la camioneta y pasamos por el mercado para comprar todo lo necesario para el segundo asado: mollejas, whisky, vino, y luego a casa, a prender el fuego sagrado y a seguir descorchando los tubos de tinto hasta que la conciencia pida pista y nos vayamos a dormir...

lunes, 28 de mayo de 2012

Seis hombres y el mar (1)

Una semana y media no es mucho tiempo para extrañar, pero sí cuando se extraña lo que no es habitual.
Cuando salimos a la ruta mi sensación fue de extrañeza y deja vu: ya habíamos pasado por esto, sólo que la última vez fué hace más de veinte años.
Y giran las ruedas, y se carga combustible, y pasa la vida por la ventanilla, y se llega a la costa, y se come en Cachavacha, y se beben mil cervezas...
Y en la mañana se desayuna sin medida y se corre rumbo a la playa con esa chata que es como un tractor, y se trepa a varios médanos, y los gritos son de vértigo, y la cosa se empantana justo allá arriba en donde el mar es una raya en lontananza, y se juega dichosamente a ser de nuevo lo que en realidad nunca se dejó de ser...