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viernes, 2 de noviembre de 2018

La vida es (no fue ni será)

La unión de las palabras en las imágenes: “La familia-se perdió-no funciona-busco a Chopan-grita fuerte-pasando vergüenza-¡riing!¡riiing!-Dios, patria y familia-en este día y cada día-se libre-vida es amanecer-fin del mundo-y no me importa nada porque no quiero nada-yuta asesina-…
Las últimas palabras son de un Cristo grafiteado, coronado de espinas, silenciado, seguramente, por el plomo policial… ¿acaso al pobre Jesús, al original y único, no lo silenció el violento aparato policial romano?... ¡a pedido del Sanedrín!, grita mi germanófilo vecino mientras retrasa otro archileído párrafo de “mi lucha”… y sí, a pedido de. Y hay que agradecerles! –a los judíos- (el que quiera oír que oiga)
En el pequeño restaurante intentamos ir al baño. Pero algo invisible, una pared elemental creada a fuerza de antiguas suciedades, nos impidió el paso.
3862… 3813… y el sol del atardecer haciendo eso que tan hermoso sabe hacer: teñirlo todo de magia… existe la magia, sí, no me condenen. Observen cómo la materia viva del jardín se perpetúa a sí misma. Lo mismo pasa en el cielo, y en el universo todo. Un científico amigo, prometeico, lo llama “autopoiesis”… yo lo llamo simple magia.
Me planté frente a la casa para hacer la toma de la herradura y el V8. Entonces el tipo apareció en la ventana y me gritó –“che, qué sacás fotos?”; yo le contesto sonriendo: -“le saco a la herradura y al V8, que mata”, el tipo me sonríe y me dice –“meta nomás”… metalero el tipo, y pisaba los sesenta (esas cosas que dan ganas de seguir viviendo)
Ese santo –San Pedro- ya ha logrado que le haga tantas fotos… pobre hechura de hierro y argamasa tras el vidrio, condenada está a la mano suspendida, a la mirada vidriosa, a la rígida mudez de yeso y pigmento coloreado…
Y bueno, se perdió… ¿habrá vuelto? ¿lo robaron? ¿estará vivo? ¿será feliz?... es lo que pasa cuando lo vivo desaparece sin dejar rastro: sólo hay preguntas… como quedarse en el quinto con séptima por toda la eternidad.
Los muertos me observan pasar, encuadrar, disparar, seguir mi camino. Los muertos que, como yo, eran y ya no son. Los muertos son mi futuro.
Y hay que gritar, fuerte, riing, gong, splash, tacataca… gritar para ser escuchado, gritar para ser atendido, levantar la voz. Sin embargo, cuando no se tiene nada para decir ni defender (ojalá llegue el día en que no lo tenga), se cierra la boca y sigue de largo. Y en silencio.
Me entran unas ganas enormes de abrir cabezas e introducir en ellas el sermón de la montaña, como una especie de contracanto, una melodía paralela, la pirámide que debe, siempre, mirar al oeste para cambiarlo todo. El mundo mirando al oeste, el amor como religión, el no-juicio, la aceptación del pecado, la dicha a los pies del Único bueno.
Sin embargo, para algunos, el asunto viene por el lado de Dios, patria y familia. Seguramente son los que espían, fierro en mano, a que llegue el ladrón.
En este día y cada día sucede que la vida está ahí, acá, allá… donde sea. La vida es un gol, el tipito rojo mostrando su miembro, la libertad del estudio Broka estropeando –complejizando- el mandato del grafitti, la niña extraterrestre amasando las mandíbulas del temido depredador. El amanecer y el fin del mundo. Dos paredes, el principio y el final. Dos paredes, humanos, cal, cemento y aerosol. La vida es (¡que feliz se ve la señora pedaleando frente a la maravillosa Santa Rita!)… la vida es, no fue ni será. Y de eso, desde luego, no hay dudas.
































sábado, 8 de abril de 2017

Tango conurbano

¿Cuál es el móvil?... ¿la necesidad de mover el esqueleto?... ¿trascender el sucesivo tiempo del reloj?... ¿escapar?... ¿gastar energías?... ¿o recargarlas?... lo cierto es que se sale, se completan los espacios vacíos y todo eso. Pienso: “también salgo a ver el río, el río simulacro, sus peces a explosión rodando rumbo a ningún lado... salgo a ver los hombres, los hombres simulacro, hombres de piel color zanahoria, depilados, ojos delineados, cejas de diseño, barbas de tres mil pesos, barbas Uzi o anzuelo… salgo a ver los perros, perros simulacro, perros de cerámica, perros de vidrio a punto de ladrar, pero no, no hay nada, ni calor ni pelos ni ladrido: no hay sonido en el vacío… salgo a ver las hembras, hembras simulacro, medias de nylon y tacones altos, pestañas excesivas, minifalda cortísima apenas ocultando un inmenso miembro… hembras simulacro en registro tenor, o mejor aún, barítono. Y hay polis simulacro... ¿cómo no va a haber?, polis enfermos de miedo y terror, polis castigando.
Luego levanto la vista: el cielo verdadero, el firmamento definitivo, el infinito.
Bajo la mirada hacia el mundo simulacro: curas pederastas, cronistas mercaderes, futbolistas millonarios, dioses del rock, del pop, del folk, del blues, del brit, del punk, del soft, del lab, del dub, del funk... maestros hambreados repitiendo la palabra "mapa"... niños solitarios, niños proyecto, niños experimento, dóciles crías de laboratorio … “la palabra infantería procede de infante, esto es: joven carne de cañón”
Así es el tango conurbano, tango posmoderno, o tardíamente moderno, una mezcla de de puras nimiedades y de dolorosas tragedias. Tango conurbano allá y acá, porque aunque se cruce la General Paz y se entre en ese otro mundo –también simulacro, y en tono mayor- la muerte todo lo rodea y toca, desde la más pequeña sombra hasta la híper galaxia… Tanguito en la pared. Tanguito violado en el Borda. Tanguito grabando La Balsa. Tanguito escapando de la poli. Tanguito atrapado, muerto en vida a fuerza de insistente electroshock y toneladas de Artane… Tanguito parando el imparable tren, Tanguito desmembrado, Ramsés descuartizado a ambos lados de la vía rápida del San Martín.
Tanguito héroe y, también, ladrón de vinilos.
Uno encuentra verdaderas maravillas en el mundo, pero el mundo se acaba.
Las paredes hablan, son del pueblo –dice la pared-…
“Estoy en casa, gracias”
“Malos aires”
“¡Están entre nosotros!”
“Ale te amo. Mamá”
No se puede prohibir pintar las paredes.
No se puede prohibir.