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lunes, 16 de diciembre de 2013

Lo esencial es invisible a los porteños

Ante todo, una confesión:
odio al principito.
No se si mi rechazo proviene de la triste lucha armada de 1982' -"que me traigan al principito"-
o de una antigua novia despechada que dejó ese libro adrede en casa
para luego pasar al ejercicio de la tortura telefónica por los siglos de los siglos y con un mantra que rezaba:
-"¡devolvéme al principito"!-
Lo cierto es que el niño-escritor dibujó una boa tragando un elefante y el mundo adulto lo confundió con un sombrero...
"más te vale que te dediques a otra cosa, chaval"
Y después de esta injuria
de este desolado consejo
el chabón creció, y escribió "El Principito".
Le vale un aplauso: ¡clap!
Y otro para De Vyed,
que lo escrachó a media cuadra de la Rosada.
Ahora el principito es nuestro.
La otra tarde me lo crucé en Güerrín.