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domingo, 8 de julio de 2018

"Tu vida fue breve" -el último Puerto Montt-

“Toda vida los es”, afirma el venerable indio, fumón y solitario, “la vida dura un solo día, la vida es sólo presente, y el presente es ahora”
En fin, el viejo apaga la pipa, mira a su enredado discípulo y sueña con la soledad de la enramada, justo donde empieza el desaforado desierto.
Y así todos: la soledad es un caldo que sirve para cocinar cualquier comida. Amar la soledad, la bella soledad, la solitaria soledad, fría, explosiva, sensual, irremediable soledad, es condición excluyente para la libertad… ¿y para qué sirve la libertad?
La Gata Gatita te lo explica, unos pocos mangos mediante. Te lo explican los aguiluchos que sobrevuelan esos descomunales silos verticales frente al mar. Te lo explican los amables chilenos que abandonan sus tareas cotidianas sólo para acompañarte a tu destino turístico. Te lo explican los Hermanos Gonzalez antes de trepar al peligroso columpio. Te lo explica Ripley, obligada a abrir un shopping en el sur del mundo sólo por perder su licencia de vuelo.  Te lo explican los pollitos, los perros atropellados, las putas del show privado, el cielo gris y los palafitos… y si bien todos sabemos –bueno, no todos- que no hay explicación, todo queda explicado bajo ese “tu vida fue breve”
¿Quién eras, breve niño chilote, donde y cuando te atrapó la estricta parca inspirando ese llorado epitafio que, como todos los epitafios, enseñan más que toda la basura que nos enseñan en la escuela?






















martes, 14 de febrero de 2017

Puerto Montt bajo la lluvia, bajo el sol, lluvia, sol, lluvia, sol...

Veintitrés años pasaron desde ese marzo del ’94, y en esos años pasó tanto…  gente que ya no está, otros que llegaron para quedarse, muchos perdidos que tanto se extrañan, otros que, como cometas de período largo, aparecen cuando ya no se los espera y brillan con intacta y profunda amistad en su brevísimo perihelio. Y lo mismo que sucede con la gente sucede con los lugares: de aquel marzo en Puerto Montt sobreviven apenas algunas imágenes salteadas e inconexas… un almuerzo por monedas en un restaurante cogotudo… los vinos, el chupín de almejas, el congrio… el infaltable humo y una vertiginosa persecución policial… caminata a pie por la calle Antonio Varas, comiendo Mega tras Mega bajo la atenta cara de orto de los carabineros del dictador… el cielo color negro, la sonrisa indígena, los ponchos… de todo eso que en un momento fue un continuo, hoy sólo reconocí la calle principal. Y las tejedoras vendiendo esos maravillosos tejidos indios.
Y el cielo negro. Y soleado. Y negro y soleado otra vez.
“No salgan sin piloto”, nos dijo la vieja María Inés del hospedaje, “porque acá llueve a cada rato”. Y, sí, pero uno se acostumbra a andar medio mojado, y la lluvia no es tal, porque parece que no moja, o tal vez será que uno la acepta por lo recurrente del asunto y no le da ni cinco de bola.
Y aparte de la lluvia y del mar ahí nomás, y el Mall y los barquitos y las gaviotas y los perros y los juegos del parque y los chicos y la cena en “Donde Elías”, nosotros dos escribiendo otra historia, nuestra historia, la historia de hoy.
Hoy justamente pensaba, mientras caminaba, que no cambiaría el hoy, nuestro hoy, por nada del pasado.
De éste Puerto Montt recordaré lo que recuerdo siempre que viajamos: a vos, y luego al contexto, por supuesto.
Pienso que salgo porque vos salís, aunque salgamos juntos porque estamos de acuerdo… pero hay un leitmotiv: vos, estás ahí, te sigo donde vayas, aunque no haya pizza y aunque chille por eso.
Recordaré también la cocina del hospedaje la noche que llegamos, la excelente cerveza de litro doscientos y los panes con queso. Y el dormir abrazados.
Todo es inasible, ya lo sé, y ni me importa.
Sospecho que, tal vez, sea esa la condición que lo vuelve maravilloso.

















viernes, 3 de febrero de 2017

Corazón langostino

Usted fíjese que arbitraria resulta una austera selección de tantísimos ítems geográficos… pero una cosa es la imagen, otra el devenir -que tan bien marca el reloj- , y otra estar ahí… el olor del aire, agua en bidón, el color virando al rojo, el sol en la frente, las casuchas podridas en el tiempo, el traqueteo, pastizales, cielo rosado, tormenta allá en el fondo del fondo de la raya, apenas visible -apoteósica-… peep show, los chicos de enfrente se toquetean, vacas, peep storm, pampa, cogollos... y se escapa también: llega la noche y los otros ya son vecinos; suben más en San Antonio Oeste y rompen el delicado equilibrio de la partida. Más tarde rastafaris queman faso, mucho mate amargo, San Antonio de noche... como San Justo en los '70. SanJusto en navidad o en año nuevo... ¿seis?, ¿ocho?, ¿diez años?… pasamos, al fin, y sube la energía, hay corazón ahí, un pedazo de corazón quedó en San Antonio Oeste. Un pedazo vital de corazón con textura de langostino y salsa de limón.
Y está la noche retozando en patas, come galletitas, lee un libro, sueña.
Siempre temprano amanece -y acá el asunto empieza con vías y sol y resulta en más sol pero con gatos y perros- en una casa entre los bosques, con  montañas y picantes tacos, y largas botellas de tinto… la palabra, la risa... y entonces la ducha, el espejo y la disolución momentánea tirado en un colchón.
Horas más tarde rueda un micro -¿otra vez?- y nosotros estamos en él, y llega la frontera, y pasa la frontera, y llueve en la nube, verde, cian, verde, negro, amarillo y cian, caminos y agua helada, la espesura, Kurtz.
Ya en la disposición de las antenas se manifiesta el ser chileno.
Cae la estrella, madera, llegamos, otro país, una casa, madera, otra gente, una mesa, domingo, persianas cerradas, queso y cerveza, empanadas.