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jueves, 15 de febrero de 2018

La oscuridad del día en Ancud, Chiloé

“La oscuridad del día es el mejor momento para ver”, asegura el indio Juan a un extraviado y temeroso Castañeda… luego la ausencia de viento y la calma chicha, las nubes informes, el cielo estrellado, siluetas, las barcas y el reflejo, calles distantes, las casitas rosadas allá en lo lejos, botellas, un perro negro, bares, la calle Pudeto amable y desierta, una hora feliz y el joven alcohol, el camino asfaltado al mercado-tobogán entrañable, ventanitas encendidas, restos de la última navidad, catedral multicolor, nido, puterío, nido, silencio, los perros de las putas, última noche… Ancud, Chiloé, y la nostalgia que ahoga y llora y estalla en mil sonidos, mil colores y poesías.
Atestiguar es dar entidad, el mundo existe si hay testigo, hay música si hay sonido en oídos que escuchan… ¿hay galaxias?... ¿están aún esos anillos en Saturno? ¡es de día!, ¿y las olas del mar?, ¿y la fiesta costumbrista?... a veces descreo que exista hoy lo que veo en fotos que día a día se vuelven antiguas. Y no, entonces pienso: “ahora mismo estará la gente caminando por esas veredas, yendo y viniendo del mercado, los mariscos respirando en las bateas, esperando el fuego, señoras vendiendo habas y viejecitas cociendo tortillas de papas con chicharrón. Ahora mismo alguien estará viendo mi fantasma caminando triste -y feliz- por allá, en Chiloé"














miércoles, 10 de agosto de 2016

Madryn de noche: despedida

Todo llega a su fin: la infancia, el primer amor, la lluvia, el frío, la escuela, todo. También el dolor. Y la vida... por lo menos ésta.
Y las vacaciones, desde luego.
La última noche en Puerto Madryn fue por Avenida Brown, costanera, hasta el muelle; giros por el centro, avenida Roca de regreso, y escalera hacia los suburbios pateando por 25 de Mayo, Mitre, Zar... el recuerdo es el de la emoción de la despedida, de las estrellas azules en lo alto y la luna tras la espesura... y la noche serena en los tapiales amarillos, en las ventanas de las casas-nidos, en los postes, en los ríos de luz, en las sombras y en todo alrededor.
Me pregunto si volveremos alguna vez, y si será en esta vida o en cualquier otra de las vidas que vengan.















jueves, 6 de noviembre de 2014

Nido nocturno

Una pequeñez, dos vidas: encuentros y desencuentros de dos seres que, a lo sumo, no sobrevivirán los cien años.
Cien años.
El Big Bang tuvo lugar hace trece mil setecientos millones de años; el planeta gira alrededor de su estrella, el Sol, hace cuatro mil quinientos setenta millones de años... los dinosaurios, esos grandes y bobos reptiles con cerebro de mosquito, desaparecieron hace ya muy poco: sesenta y cinco millones de años.
Y vos y yo acabamos de cumplir, apenas, los ocho años de convivencia.
Ocho años.
Esa cifra, frente a la del Cosmos, es menos que un micro instante en la volátil vida de la más inestable de las partículas subatómicas que atraviesan la materia interestelar a la velocidad de la luz.
Sin embargo, nuestro nido, este pequeño oasis que existe porque existe todo lo demás, vale más que todo aquello... y lo justifica.
No es que tenga importancia, en realidad,
"nothing really matters, anyone can see"
dijo el poeta,
pero algunas cosas, sólo algunas,
valen más que un sol y que un planeta.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

El mundo extraño

Una noche de verano en la misteriosa Copacabana.
Una noche de tequila y de cervezas en el suelo boliviano,
riendo y soñando
a metros del lago más extraño del mundo.
Pasa una tormenta flotando como un velo y detrás brilla la luna
plateada como mil estrellas
un brillo de fantasmas que bailotean sin cantar.
Llega el final de la noche, amarillo, y llega el silencio en los astros...
caminamos muy despacio hasta ese fin del camino.
Y entonces, un instante, el velo se separa y se abre el cielo:
Alfa Centauro, la triple estrella, la promesa, nos saluda desde el ocaso
un ocaso de cerros dormidos y de asueto del devenir.
Entonces se cierra la cortina,
se quita la ropa
y se agranda el recuerdo...
otra vez, el mundo extraño, se repliega
y se vuelve para dormir.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Dos mundos

Aquí, la rama.
Inercia creciente bajo la estrella amarilla o bajo esa luna plateada como un telón por detrás.
Luz de escena.
Allí... el mundo selenita despojado de todo,
soledades de polvo y silencio perfecto,
sombras negrísimas, picos como agujas,
saltos kilométricos en blanco y negro.
Un mundo de ahogo infinito.
El foco, dos mundos.
La Luna muerta desde la Tierra viva...


domingo, 15 de septiembre de 2013

El bicho tornasol

Ecos de griterías resuenan entre las vigas de cemento de la estructura cuasi religiosa, populosa, maderamen curtido bajo la garúa finita y fría, ícono de la desesperación de la pelota, tótem vacío de contenido, vacío lastimoso que rellena los cerebritos casi vírgenes con tanta basura absolutamente irrelevante.
Pero anoche, en La Paternal, cientos de personas, machos casi todos, soñaron con un gran bicho colorado que se fue tornasolando hasta tener los colores del otro mundo, los colores del hongo atómico, colores travestis, féminos, colores de medias de nylon y de tacón.
Muchos, dicen, despertaron a los gritos. Otros llorando. Algunos pocos salieron a la noche helada y caminaron hasta el estadio para ver si aún estaba allí. Quisieron, esos pocos, saber si aún les pertenecía...

domingo, 11 de agosto de 2013

Una noche en el paraíso

La noche del 22 de enero fue una noche de cerveza boliviana y de vino tinto; del humo de unos cigarros muy raros encontrados en un cajón del hotel solo; de banda de sonido de millones de violines interpretados por millones de grillos, ese sonido que es silencio que suena... y de oscuridades dichosas, y sombras quietas, y vos y yo susurrando entre los besos y la soledad y la charla, tan lejos del origen frente a cerros invisibles e infinitos pero poblados por pequeñas luces brillantes, delicados faros que dan cuenta de los nidos distantes... hogares gloriosos en donde se puede adivinar una familia que sueña, un huerto bajo los astros, una comida caliente, un fuego encendido, el crepitar de la madera y la llama.
Coroico es, tal vez, uno de mis lugares en el mundo. Me duele su recuerdo porque me duele el rugido del 123 que pasa raudo por la avenida mientras escribo.

sábado, 27 de julio de 2013

Una pizzería en el tiempo

Si mal no recuerdo comencé a ir a Santa María en la época que estudiaba fotografía en el taller de Martín Marco, año 1991/92... en ese tiempo los neones verdosos en forma de flecha de la marquesina exterior "corrían" de punta a punta, de derecha e izquierda e ida y vuelta, frente a la parada del 123 que salía rumbo a Caseros, justo enfrente, también, del bar Gabi y sus barcitos secuaces, hoy exterminados por la política de generación de no lugares de Nauricio Macri y su carroña de gobierno de la ciudad.
Estudiando piano en el Manuel de Falla cuando este aún funcionaba en el Teatro San Martín, pasaba por ahí a menudo... un vaso de moscatel a mi regreso y dos porciones de fugazetta rellena era lo habitual al mediodía y antes de rumbear para la ferretería...
Otra época: los años del dúo "Camino al Mar"... tantas cientos de veces he pasado luego de los ensayos en Villa Crespo, martes 22hs, o de dar conciertos en AMIA, que atesoro una sensación especial de esa época. Mucha música y mucha soledad de pié.
Y bueno, los años del final, que son éstos de hoy: el amor con Paulita Burd y tantas noches compartidas en sus mesas, bebiendo cerveza y moscatel hasta que levantaran la última silla.
Anoche fui solo, bebí moscato y comí una chica de muzza... ¿que puedo decir?... mi vida está entrelazada entre sus mesas, entre sus sillas, entre sus vasos y sus jarras de moscatel.
Le deseo ¡salud!
y que siga la pizza.

viernes, 5 de julio de 2013

Dos perros en La Paz

Volvíamos del bar Diesel, en La Paz... música y color, tragos y humo, un bar de esos que ya no se encuentran en las ciudades modernas como Buenos Aires, porque la modernidad es así, idiota; yo había tomado vodka y tequila con locoto; vos chuflay, y cerveza boliviana. Caminamos bajo las estrellas. Las calles estaban vacías de gente y llenas de silencio, con una cierta amenaza que provenía más de las sinapsis de clase media que de la realidad. En una vuelta de la esquina aparecieron: pequeños, lanosos, gritones, casi ridículos. Recuerdo que yo me reía del tremendo kilombo que hacían... estaban indignados, al parecer estábamos violando su territorio perruno con nuestra humana caminata. Nos siguieron a los gritos casi por una cuadra; uno de ellos, al ver mi cámara de fotos, amagó morderme el talón, pero se contuvo, seguramente percibió mi no miedo. Luego callaron y se quedaron ahí parados y extáticos, viéndonos alejarnos en silencio. Y estoy casi seguro que la última vez que me di vuelta para verlos adiviné en sus pares de ojitos un brillito de nostalgia, casi de desazón, como si en el fondo hubiesen querido que, en vez de irnos, nos hubiésemos quedado ahí con ellos, en un costado de la calle vacía y bajo las estrellas hasta el amanecer.