25 de setiembre, clase de lenguaje pre-examen. Uno de los últimos fríos del 2012, y dicho así suena bastante nostalgioso. Llega el tiempo de la bici y del helado fuera de casa, de las largas caminatas nocturnas, de los mosquitos y las cucarachas, de la luna brillante sobre la parrilla y la carne dorándose sobre las brasas bajo el cielo estelar...
Comienzo a recuperar en mi memoria algunas geografías que vienen desde el lado del pedaleo... la línea contigua al San Martín, calle Nicaragua, de Caseros a Santos Lugares, plaza más virgen, porros cuando se pasa rumbo a otra cosa. Luego calle Lage atravesando el corazón de Santos Lugares hasta desembocar, con un incierto escalón, en la estación Saenz Peña. Luego aparece la imagen de las bicis correteando por el andén casi desierto escapando de la mirada policial, rumbo a la Capital Federal, que en ese punto está a cien metros. Y desde ahí, multiple choice: calle Ricardo Gutierrez rumbo a Villa Devoto -heladería Monte Olivia-; o Villa del Parque -heladería Cadore-; o el vagón en la estación, o Villa Pueyrredón... escenarios de esa primera noche de amor de esta historia que aún hoy firmemente perdura.
Estoy en el segundo piso de la UNTREF, pasaron las nueve de la noche, el profe habla sin parar de Steve Reich y Morton Feldman, y mientras escribo el San Martín ruge a mi espalda. El San Martín. Puedo conectar, en la totalidad de mi vida pasada, una gran sinapsis histórica a través de sus vías... El Centro, los amigos, el cine, las monedas en las vías de Hurlingham otra vez rateado del colegio, los porros antes de subir y volar durante media hora con la música del walkman, Retiro, parrillita Gaby en Palermo, la zona roja, las novias, las coladas, las fotos, borracheras en Las Cuartetas, el amor peligroso e incierto, la presencia imborrable de la muerte y la dicha que provoca el saberse muerto. El tren. Nada sería igual sin el tren, como nada sería igual sin el cielo y sin tus besos... que me vienen con el fútbol.
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miércoles, 26 de septiembre de 2012
domingo, 26 de agosto de 2012
Noche de garúa y trenes
Esto sucedió hace, creo, más de una semana. Pateamos desde casa hasta Saenz Peña, tomamos un café en la pizzería que está frente a la placita de la estación del San Martín, junto a la heladería Pacino, y de la cual no recuerdo el nombre aunque sí recuerdo que su fauna es de esas que a uno le energizan las ganas de seguir vivo; compramos un peluche y entonces, entre una fría garúa y un viento helado, caminamos hasta la estación Villa Lynch del ferrocarril Urquiza, rumbo a Chacarita, cuna de la muzzarella y del poder del moscatel.
Bastante beodos, volvimos en la misma línea con la intención de ver un film, bajamos en Avenida San Martin y caminamos hasta el shoping de Villa del Parque para descubrir que no hay trasnoche -entonces era sábado-, optando finalmente por un helado en Cadore, que no estuvo mal pero tampoco muy bien, ni cerca de la excelencia de antaño, aunque sí caro, carísimo.
Nos subimos entonces al San Martín -lo corrimos y trepamos mientras se escapaba a toda máquina, lo cual enojó a mi chica, porque esas cosas peligrosas no le gustan- y, rumbo al west bonaerense, aprovechamos para darnos montones de besos y reírnos y hacer todas esas cosas que hacen los enamorados en el tren, cuando es de noche y hace frío y se bebió mucho alcohol.
Bastante beodos, volvimos en la misma línea con la intención de ver un film, bajamos en Avenida San Martin y caminamos hasta el shoping de Villa del Parque para descubrir que no hay trasnoche -entonces era sábado-, optando finalmente por un helado en Cadore, que no estuvo mal pero tampoco muy bien, ni cerca de la excelencia de antaño, aunque sí caro, carísimo.
Nos subimos entonces al San Martín -lo corrimos y trepamos mientras se escapaba a toda máquina, lo cual enojó a mi chica, porque esas cosas peligrosas no le gustan- y, rumbo al west bonaerense, aprovechamos para darnos montones de besos y reírnos y hacer todas esas cosas que hacen los enamorados en el tren, cuando es de noche y hace frío y se bebió mucho alcohol.
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