Mostrando entradas con la etiqueta salvador maria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta salvador maria. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de agosto de 2012

La sombra del molino -gif-

¿Que es una sombra, una rueda, un atardecer?
La palabra se esfuerza para etiquetar un hecho que ya no es, o es tan solo en eso que llamamos pasado, y que no se puede recuperar. El pasado girando en una rueda de molino en las sombras del atardecer de Salvador María, sombras que se alargan mientras el pan se vende en la panadería y se cosechan los granos tardíos en el campo...

Photobucket

miércoles, 8 de agosto de 2012

El pueblo de Salvador María

Al final de la vía apareció una estación solitaria y sola, llena de yuyos, con caballos todo alrededor y un gran cartel muy viejo: "Salvador María". Entonces enfilamos hacia la derecha y nos mezclamos un par de horas con ese pueblo y ese tiempo que es otro tiempo, un tiempo paralelo a cien kilómetros de la gran ciudad, en donde la relatividad einsteniana se ve completamente verificada sin necesidad de partículas sub-atómicas aceleradas a un diez por ciento de la velocidad de la luz.
Compramos una cremona, tomamos mate, hicimos fotos, filmamos las sombras, espiamos la capilla, intentamos comprar una gallina, vimos caer el sol y asomar la primer estrella, interactuamos con los perros (siempre, los perros nos adoran), y finalmente nos fuimos por la misma vía que vinimos y de regreso a la laguna de lobos, sintiendo que, otra vez, un pedacito de nuestro corazón quedó latiendo por ahí, entre los grillos y las callecitas que mueren en el campo, entre las acequias y los astros que asoman entre nubes sin rumbo ni motor.




viernes, 3 de agosto de 2012

En la vía

La década de los 90 terminó con los trenes. Entonces uno encuentra vías abandonadas por toda la provincia de Buenos Aires y más allá también. Ésta conecta en un tramo de cinco kilómetros muy prolijos a la laguna de Lobos con el pequeño pueblito de Salvador María, y es de lo más lindo transitar por sus paralelas que nunca se juntan. A unos treinta metros, la ruta y sus peligrosos bólidos a motor pasan raudamente llevando conductores abstraídos que en su prisa no se enteran de nuestras humanidades caminantes. Rodeados de caranchos, mulitas, patos, garzas, horneros, gorriones, nidos de avispas gordos como piñatas y calandrias siempre curiosas, nos tardamos un par de horas largas en llegar hasta la estación de tren abandonada.