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domingo, 8 de julio de 2018

"Tu vida fue breve" -el último Puerto Montt-

“Toda vida los es”, afirma el venerable indio, fumón y solitario, “la vida dura un solo día, la vida es sólo presente, y el presente es ahora”
En fin, el viejo apaga la pipa, mira a su enredado discípulo y sueña con la soledad de la enramada, justo donde empieza el desaforado desierto.
Y así todos: la soledad es un caldo que sirve para cocinar cualquier comida. Amar la soledad, la bella soledad, la solitaria soledad, fría, explosiva, sensual, irremediable soledad, es condición excluyente para la libertad… ¿y para qué sirve la libertad?
La Gata Gatita te lo explica, unos pocos mangos mediante. Te lo explican los aguiluchos que sobrevuelan esos descomunales silos verticales frente al mar. Te lo explican los amables chilenos que abandonan sus tareas cotidianas sólo para acompañarte a tu destino turístico. Te lo explican los Hermanos Gonzalez antes de trepar al peligroso columpio. Te lo explica Ripley, obligada a abrir un shopping en el sur del mundo sólo por perder su licencia de vuelo.  Te lo explican los pollitos, los perros atropellados, las putas del show privado, el cielo gris y los palafitos… y si bien todos sabemos –bueno, no todos- que no hay explicación, todo queda explicado bajo ese “tu vida fue breve”
¿Quién eras, breve niño chilote, donde y cuando te atrapó la estricta parca inspirando ese llorado epitafio que, como todos los epitafios, enseñan más que toda la basura que nos enseñan en la escuela?






















jueves, 2 de noviembre de 2017

Laberintos de agua todo alrededor

Abro los ojos. La luz en la ventana es la de las diez de la mañana. Ancud, Chiloé. Cielo azul, el techo de las casas, asfalto, humo en las chimeneas, sol… una lejana tormenta eternamente suspendida por encima del horizonte. Montañas. Luego, las tostadas, pan de pita, queso, manteca, yogurth de papaya, mate amargo. Hora y media más tarde se gana la calle y la luz se derrama por todo alrededor… hay tanto para mirar, para atrapar, para detener en el tiempo.
Indiscutiblemente son las flores las protagonistas. Las flores y los medidores de luz, las flores y los tapiales, las flores y los perros, el viento, la lluvia. Luego, las miradas detrás de las ventanas. Las historias detrás del vidrio, ojos minúsculos, pequeños bracitos y sonrisas. Los mundos diminutos de la Isla de Chiloé casa tras casa, relatando mundos pesqueros, mundos privados.
Y el color… ¿quién, divertido, salió sonriente a pintar y repintar este geométrico laberinto?, zaguanes verde esmeralda, cenefas rojo fuego, puertitas amarillas, pomos azules y rejas naranja. La hierba lisérgica perenne como la distancia y pistilos a punto de estallar. Y gira el cielo y la estrella y la luz mutante deja los azules y corre hacia el rojo, igual que las lejanas galaxias que huyen.
El gato me observa detrás de su atemporalidad-coraza, detrás del tiempo y de cualquier posible disquisición acerca de él. No hay fluir en este gato, no hay delante ni detrás, no hay río que valga. Yo paso y me detengo a disparar, luego observo, saludo y me voy. El gato está ahí, pero no hay nada. Un Gato en el basurero y un pobre ser humano que pasa rumbo a su casa de eternidad, que es el olvido -o eso dicen-...
Islas a lo lejos. Puedo imaginar antiguos y retirados pobladores amasando pan con manos pobladas de cayos. Manos abriendo hoyos, cociendo curanto, sirviendo vino, cerrando empanadas. Empanadas de que so y mariscos. Casas de madera, cruces y velas encendidas a lo lejos, gaviotas y velámenes agitados por el viento, cuerdas y albatros.
Y las calles que me llevan a la costa… ¿vivir en una casa y en una calle que, cincuenta metros más adelante, linda con el océano Pacífico?... “Vivo en Calle Frei, entre Pudeto y el Océano Pacífico”
En fin: la escuela, siempre presente... la canchita de fútbol, siempre presente... gorriones, las últimas cercas por arriba del infinito, el mundo Ancud al atardecer, antes del mercado y los frutos del mar, antes del baño y la ducha caliente, antes que los bichos al vapor y el alcohol despacito subiendo al bocho. Antes que el cine y el sueño.
Siempre lo mismo, el mismo llamado a la nostalgia: “esto está hoy ahí, exactamente así, como yo en la imagen lo veo”
Si el espejo del agua rebota y viaja entonces pido una imagen, sólo una imagen pido de ese verde chilote, una imagen especular de ese astringente olor a escama, de esa rubia cerveza de gradación elevada. De esas callecitas y de esas leyendas brujas que todo lo tocan con sus magias todo pido. De los laberintos del agua todo alrededor y de las musas antiguas, pido.


























lunes, 9 de octubre de 2017

Castro, Chiloé: de los palafitos a la catedral enteramente construida en madera…

“Enteramente construida en madera, desde los cimientos hasta la cruz” rezan hora tras hora los guías chilotes en la nave central de la Catedral de Castro, capital de la isla. Luego uno sale bajo el sol encapotado y se encuentra con fetos dibujados en la pared, denuncias de pillaje internacional por las aguas chilotas, satanases negros, bigotudos, sudamericanizados; los palafitos con la baja marea, perros bajo sus sombras, perros buscando pescado podrido. Y el poli improvisando una selfie antes del palazo final: “qué lindo, por fin, es poder salir a amansar unos cuantos locos” piensa el triste y peligroso botón mientras enfoca su aparato…
Luego la verdad de la miseria: es madre de la rebelión. Y bueno, lo más lindo: las casas, las ventanitas, el agua, las flores, la colorida pulcritud chilena.
Más tarde, ya digeridas las tremendas empanadas de queso y langostinos, aparecieron las gaviotas. Y los lobos marinos… finalmente lo esperado: fuego, fuego en el disparador de mi cámara de fotos, fuego al rojo vivo.
Castro es oscuro y feliz, antiguo y leve, enigmático y arcano, cuna de la magia y vecino de los brujos de Quicaví, esos que desafiaron a los poderes europeos y pasaron a la total clandestinidad luego del “proceso” que, dicen, los extinguió. Nadie asegura que aún existan, nadie tampoco los niega… todos, absolutamente, les temen.
Pero nosotros estábamos en cosas mucho menos interesantes e inmediatas: un ramillete de hortensias, un helado de frutas chilotas, una rubia en la pared, el paladar de un sonriente lobo marino. Ni vimos, gracias a Dios, un Invunche, ni nos cruzamos con el Trauco: en nuestro caminar se extendió bajo nuestros pies un sendero chileno fácil y lleno de deleites, esos que salieron del mar, de la tierra y del ininterrumpido ejercicio de las dos piernas.