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jueves, 28 de junio de 2018

Todos los cielos del tren

Un día cualquiera en la hora del crepúsculo, un tren rodando sobre la superficie de un planeta, una periferia galáctica, una espiral perdida entre eones de espacio tiempo. Globos de fuego, azufres encendidos, reacción termonuclear, hidrógeno, helio, dos por uno…  la estrella se vuelve pesada y se colapsa mientras su brillo corre hacia el rojo. Una legión de salamandras, esos míticos seres de viento y fuego, parten a caballo de los rayos cósmicos y montan las espaldas de los felizmente promiscuos, esos que suelen vibrar justo en el borde de todos los bordes imaginables… ¿Cuántos colores, cuántos géneros, cuantas preguntas hay para cada respuesta?
El cielo siempre. El cielo-ventanal, infinito, multicolor, pansexual, la nada y el todo y la absoluta imposibilidad de aprehenderlo.












sábado, 3 de febrero de 2018

Siempre es hoy en Viedma -y en todos lados-

Kurt Cobain me observa desde una triste medianera, medianera grafiteada e hirviente bajo el rigor patagónico de 45 grados a la sombra. Luego, Einstein, el creador de la bomba atómica, el padre ausente y marido golpeador, el Alberto E=mc2 que nos dejó, de un plumazo, sin tiempo, sin espacio, sin piso, sin lugar… “no estamos en ningún lado” –dice el Viejo-, "no controlamos nuestro destino" y “hay un mar inconsciente e incognoscible”, -chilla Freud-, “estamos a merced de nuestra condición de clase”, afirma Marx, barbado eternamente mientras escribe y escribe sus tomos infinitos… luego la carita del grito clamando por ¡la energía del átomo!, y tantas cosas entre los 45 grados… el beso, el frescor del mar, la alegría, la muerte tras la usina, el envenenamiento del  camposanto, ballenas abducidas por volantes ET, putas con tacones y largas colas
–grafittis encendidos, sí!- chanchos que se inmolan por nuestro destino de carne, viejas y desérticas osamentas desintegrándose bajo el sol, femeniles jirafas dominatrix látigo en mano… ¡pegáme jirafa, castigáme bien duro, seeee!; una iglesia -¿dónde no?-, perros –siempre es hoy-, postes, -siempre es hoy-, cables, -siempre es hoy-, nubes y pajarillos… la mirada de sus ojos y flores radiactivas. Y el sol que cae, y el amor que no se acaba –siempre es hoy-...
Todo puede pasar: una guerra, la hambruna, el exterminio, la peste, el calentamiento global, el trágico final del mundo humano tal como hoy es conocido.
Lo que no va a pasar, nunca, es el fin del amor, la muerte del amor, la inacción del amor, porque siempre es hoy.
El amor es el néctar, el motor del universo, su perenne y sofisticado propósito –aunque no parezca-.
Y siempre, siempre, siempre, es hoy.






















martes, 31 de enero de 2017

¡Hola Patagones!, ¡Chau Viedma!

Como el tigre y el budín de mangos, las dos enfrentadas ciudades aparecen y desaparecen de la visión en poco más de 24 horas… de Caseros a Villa, de Villa a Bahía, de Bahía a Viedma. Y el asunto, en realidad, recién entonces comienza.
El negro del año anterior nos muestra su deteriorado pelaje y su intacto histrionismo; las pizzas de la “Tasca de Danilo” salen a escena, salsa golf y palmitos, y las cervezas, la noche –otra vez un amigo acompañando el cruce del puente, un asustado amigo-, las camas del mismo hotel, la recorrida entre gentes desconocidas, el chocolate nocturno, las fotografías bajo un tenue sol que achicharra, las barcas-taxi y el museo, y el río Negro pasando muy lento, los candados, las alturas, los stencils, amor eterno, declaraciones de amor y de odios, el problema humano en las paredes, porque la colmena no alcanza ni tampoco la miel, y los moscardones de siempre, minoría, se quedan con las flores, con el viento, con la lluvia y con el néctar… transmutado a fuerza de sudores, harto sudor de abeja obrera…
Un relámpago que ilumina. Un instante de silencios totales. Anacrónicas cruces dominándolo todo.
Un mapa que se agranda y que, al mismo tiempo, se hace cada vez más chiquito.