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sábado, 21 de julio de 2012

Adiós a Tilcara

Luego de varios días de viaje compramos una bombilla matera, más movidos por la abstinencia que por la verdadera necesidad, pero el beber mate nuevamente y en ese contexto resultó ser un verdadero alivio, casi como una celebración yonki. A la luz de las farolas de la calle y mechando con la mateada interminable, cenamos sandwichs de queso de cabra y salchichón, salame milán y tomates, pan negro más cebollas, lechuga y jamon crudo, y harto satisfechos, salimos a caminar. En principio pensamos en patear unas pocas cuadras para lograr una buena digestión, pero la noche Tilcareña nos atrapó y terminamos deambulando al azar hasta la más oscura periferia, dando un gran rodeo y regresando varias horas más tarde, ya bien pasadas las doce de la noche... y con un bienestar profundísimo por estar en ese pueblito de ensueño poblado de humildes fantasmas, con sus farolas amarillas olvidadas y sus estrellas lisérgicas habitando dichosamente en nuestro corazón. Y con un ventarrón de nostalgia grande como un cerro, pues en la mañana partiríamos rumbo a Purmamarca.
   

martes, 17 de julio de 2012

Tilcara (4)

Las calles caprichosas suben y bajan hacia el horizonte mientras las nubes planean en un amplio escenario que parece estar, de tan cerca, casi al alcance de la mano; nubes que llegan gordas y amenazantes, plenas de agua, flotando muy grises y también muy blancas; nubes que sorprenden al cuerpo con amables ráfagas de grandes gotas frías, separadas, gotas de silencioso mediodía sin prisa, gotas que apenas llegan a mojar mientras se medita largamente, pateando entre las sombras por interminables caminos conectados con la tierra precolombina, tierra que es madre de las espectrales barbas blancas de los cardones que brillan a contraluz, tierra que es sustento de perros que deambulan solos y libres, sin reparar siquiera en uno; tierra que juega a sabotear los conceptos aprendidos, como el del reloj y su medida, concepto que se pierde y se detiene entre los sinuosos vericuetos del cerebro, y que deja de serlo y ya no existe, como el ego, que se olvida entre el polvo del camino y el dinero ausente del bolsillo. Y todo se diluye en un éxtasis de tan vacío lleno hasta el borde; entonces el futuro se anula con el pasado, inexistentes los dos, y es el presente, el tiempo uno, el no movimiento, el no pensamiento o el pensamiento amigo... la dicha en un punto que se adivina y se ve, se toca y se respira. Y se recuerda a veces la ciudad lejana y metálica y casi no se cree en su existencia artificial.

martes, 3 de julio de 2012

Tilcara (3)

Esa primera noche salimos a caminar, visitar la capilla, perdernos subiendo por las callecitas de la noche nueva y rodeados de los perros siempre tranquilos si libres. Más tarde cenamos una picada "norteña" en un pequeño restaurante de los más lindo: pollo en escabeche, berenjenas, escabeche de llama, pepinitos, repollos, quesos de cabra t de los otros, diferentes pastitas, aceitunas verdes y negras, pan casero recién salido del horno, empanaditas, choclo, y muchas norteñadas exquisitas más. Nos bebimos un litro de tinto y luego salimos a caminar al azar, antes de volver al hostel y caer en la cama absolutamente extenuados.
A la mañana del otro día, al amanecer y mientras Paula aún dormía, hice las fotos del balcón del dormi; luego desayunamos y salimos para la cascada, subiendo unos cuantos kilómetros por el cerro Tilcara. La escalada fué bastante trabajosa dado el enrarecido aire de la montaña -todo el tiempo por arriba de los 3500 metros- y el ángulo bastante pronunciado de la trepada.