Esto sucedió hace, creo, más de una semana. Pateamos desde casa hasta Saenz Peña, tomamos un café en la pizzería que está frente a la placita de la estación del San Martín, junto a la heladería Pacino, y de la cual no recuerdo el nombre aunque sí recuerdo que su fauna es de esas que a uno le energizan las ganas de seguir vivo; compramos un peluche y entonces, entre una fría garúa y un viento helado, caminamos hasta la estación Villa Lynch del ferrocarril Urquiza, rumbo a Chacarita, cuna de la muzzarella y del poder del moscatel.
Bastante beodos, volvimos en la misma línea con la intención de ver un film, bajamos en Avenida San Martin y caminamos hasta el shoping de Villa del Parque para descubrir que no hay trasnoche -entonces era sábado-, optando finalmente por un helado en Cadore, que no estuvo mal pero tampoco muy bien, ni cerca de la excelencia de antaño, aunque sí caro, carísimo.
Nos subimos entonces al San Martín -lo corrimos y trepamos mientras se escapaba a toda máquina, lo cual enojó a mi chica, porque esas cosas peligrosas no le gustan- y, rumbo al west bonaerense, aprovechamos para darnos montones de besos y reírnos y hacer todas esas cosas que hacen los enamorados en el tren, cuando es de noche y hace frío y se bebió mucho alcohol.
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domingo, 26 de agosto de 2012
domingo, 17 de junio de 2012
Un ejemplo de "free art"
Muchas veces, asombrado por el mercantilismo despiadado y vanamente superficial en el cual ha caído el arte en las últimas décadas, me pregunto si no habría que volver al concepto de autor que manejaban en la antigua India los sacerdotes del templo, ya un par de milenios antes de la llegada de Jesucristo; concepto que, en su necesidad de religar a una creciente e innumerable plebe, exigía, entre otras diatribas, que nadie osara firmar las obras de arte, ya que el autor, intemporal y eterno, era uno solo y siempre el mismo, ejecutando pacientemente su destreza a través de las eras y de los eones multiplicado en los incontables brazos y piernas y en las voces y en los colores y en el baile y en las palabras de una miríada de servidores innecesarios: Brahman el grande, Brahman el expansivo, Brahman el indomable, el absoluto, el innombrable (Brahman es el nombre que se pronuncia en reemplazo del nombre verdadero, y que sólo los iniciados conocen; nombre que, en su sincretud, es llave, liberación, anatema y sacrificio instantáneo para el traidor a la fe)...
No pretendo sumar acólitos para este antiguo y tristemente superado concepto, pero entiendo que su implementación, en su gratuidad implícita, lograría una feliz depuración de tanto "arte" que anda por ahí dando vueltas por los innumerables medios de expresión fatigando los cinco sentidos hasta el hartazgo, y sin otro objetivo ulterior que el de llenar las propias arcas de toneladas de vil metal.
Y todo esto viene por algo que me sucedió hace 15 días: una tarde me fuí desde casa, incapaz de concentrarme, a la pizzería Santa María, en Chacarita, a terminar de preparar el examen de comunicación oral y escrita; fue justo el viernes anterior, es decir, la víspera del examen. Estuve allí desde las 18:30hs hasta la hora de cierre. En un momento -ya había llegado mi chica, bien pasadas las 21hs- se acerca un señor mayor, con su esposa a su lado, y me dice: -disculpe la molestia, joven, pero me tomé el atrevimiento de dibujarlo-
Y me entrega el dibujo que posteo a continuación, delineado en una simple servilleta.
El asombro sólo me permitió un ¡woooow!, ¡gracias!, pero ya se estaba llendo, a su lado su musa, y tan velozmente que no me dió el tiempo necesario para decirle lo maravilloso y entrañable de su acto, la bella gratuidad con la cual actuó... un ejemplo envidiable de "free art", contemporáneo, y porqué no, también Brahmánico; un ejemplo de lo que es la necesidad de hacer arte por el arte, por expresar, por ser. Y un ejemplo, también y especialmente, para las nuevas generaciones, a veces tan ansiosas de acumular, en metálico y en exposición mediática, el producto de su prematura y no tan transpirada inspiración...
No pretendo sumar acólitos para este antiguo y tristemente superado concepto, pero entiendo que su implementación, en su gratuidad implícita, lograría una feliz depuración de tanto "arte" que anda por ahí dando vueltas por los innumerables medios de expresión fatigando los cinco sentidos hasta el hartazgo, y sin otro objetivo ulterior que el de llenar las propias arcas de toneladas de vil metal.
Y todo esto viene por algo que me sucedió hace 15 días: una tarde me fuí desde casa, incapaz de concentrarme, a la pizzería Santa María, en Chacarita, a terminar de preparar el examen de comunicación oral y escrita; fue justo el viernes anterior, es decir, la víspera del examen. Estuve allí desde las 18:30hs hasta la hora de cierre. En un momento -ya había llegado mi chica, bien pasadas las 21hs- se acerca un señor mayor, con su esposa a su lado, y me dice: -disculpe la molestia, joven, pero me tomé el atrevimiento de dibujarlo-
Y me entrega el dibujo que posteo a continuación, delineado en una simple servilleta.
El asombro sólo me permitió un ¡woooow!, ¡gracias!, pero ya se estaba llendo, a su lado su musa, y tan velozmente que no me dió el tiempo necesario para decirle lo maravilloso y entrañable de su acto, la bella gratuidad con la cual actuó... un ejemplo envidiable de "free art", contemporáneo, y porqué no, también Brahmánico; un ejemplo de lo que es la necesidad de hacer arte por el arte, por expresar, por ser. Y un ejemplo, también y especialmente, para las nuevas generaciones, a veces tan ansiosas de acumular, en metálico y en exposición mediática, el producto de su prematura y no tan transpirada inspiración...
lunes, 11 de junio de 2012
Tres fotos y cuatro gifs animados en el 123
Viernes a la tarde, pre parcial de comunicación: imposibilitado de lograr un mínimo de concentración para terminar de preparar el parcial del sábado, volé hasta Santa María, en donde luego me encontró mi chica. Finalmente, y luego de las pizzas y los moscateles y las birras de rigor, volvimos a Caseros a bordo del gran 123. Las fotos y los gifs animados pertenecen a ese momento.
jueves, 10 de mayo de 2012
Autorretratos etílicos
Ya pasaron varios soles desde que caminamos por las calles de Chacarita muy pasada la medianoche con ese juego de obturaciones largas y alcoholes en las venas. Antes habíamos pizzeado en Santa María, y antes aún Boris y la pelota en La Agronomía y la búsqueda de un pool por las calles de Caseros, etc, etc, etc -si se prolongan los etcéteras llegaremos al útero primigenio- y así quedaron rezagadas estas tomas entre los libros de la universidad y las guitarras y el sexo y la simple observación del diario y eterno devenir, que no se detiene ni siquiera ante la muerte, que siempre es de los otros.
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