lunes, 9 de octubre de 2017

Castro, Chiloé: de los palafitos a la catedral enteramente construida en madera…

“Enteramente construida en madera, desde los cimientos hasta la cruz” rezan hora tras hora los guías chilotes en la nave central de la Catedral de Castro, capital de la isla. Luego uno sale bajo el sol encapotado y se encuentra con fetos dibujados en la pared, denuncias de pillaje internacional por las aguas chilotas, satanases negros, bigotudos, sudamericanizados; los palafitos con la baja marea, perros bajo sus sombras, perros buscando pescado podrido. Y el poli improvisando una selfie antes del palazo final: “qué lindo, por fin, es poder salir a amansar unos cuantos locos” piensa el triste y peligroso botón mientras enfoca su aparato…
Luego la verdad de la miseria: es madre de la rebelión. Y bueno, lo más lindo: las casas, las ventanitas, el agua, las flores, la colorida pulcritud chilena.
Más tarde, ya digeridas las tremendas empanadas de queso y langostinos, aparecieron las gaviotas. Y los lobos marinos… finalmente lo esperado: fuego, fuego en el disparador de mi cámara de fotos, fuego al rojo vivo.
Castro es oscuro y feliz, antiguo y leve, enigmático y arcano, cuna de la magia y vecino de los brujos de Quicaví, esos que desafiaron a los poderes europeos y pasaron a la total clandestinidad luego del “proceso” que, dicen, los extinguió. Nadie asegura que aún existan, nadie tampoco los niega… todos, absolutamente, les temen.
Pero nosotros estábamos en cosas mucho menos interesantes e inmediatas: un ramillete de hortensias, un helado de frutas chilotas, una rubia en la pared, el paladar de un sonriente lobo marino. Ni vimos, gracias a Dios, un Invunche, ni nos cruzamos con el Trauco: en nuestro caminar se extendió bajo nuestros pies un sendero chileno fácil y lleno de deleites, esos que salieron del mar, de la tierra y del ininterrumpido ejercicio de las dos piernas.